Y pensar que los cronistas de Indias vivieron y contemplaron, a través de los relatos de los nahuas, el esplendor del mundo prehispánico

Por Tere Resa

Visitar Teotihuacán es adentrarse en el universo prehispánico; conocer ese mundo del cual nos hablaron nuestros ancestros; valorar nuestras raíces; acercarse a la ciudad de los dioses.

La Zona Arqueológica de Teotihuacán está enclavada en una meseta en el municipio de San Juan Teotihuacán, al oriente del Estado de México. Antiguamente, se hablaba náhuatl –por su cercanía con el D.F.- y otomí –por ser casi colindante con el Estado de Hidalgo. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987.

Cuando llegamos al sitio arqueológico, nos recibió un guía muy amable, el cual nos platicó sobre los orígenes de maravilloso pueblo teotihuacano. Una frase que me llamó la atención de él fue que “en este sitio hay algo más que piedritas, puesto que hay una historia que contar y un pasado que descifrar”. El lugar es muy grande y fue a principios del siglo XX que fue descubierta la zona. Por la colocación de sus piedras, se pueden ubicar perfectamente dos épocas arqueológicas: la primera es de reconstrucción; la segunda, de consolidación.

Pero depende de la época de la vida cuando visitas este lugar. Cuando eres niño lo único que quieres es correr y llegar a las pirámides para treparlas; cuando eres adolescente, el reto de desobedecer las órdenes es tentador y deseas incursionar en aquellas zonas que no son permitidas al público para tener una aventura que contar; cuando eres adulto, te maravillas ante la arquitectura de esta civilización.

Con ropa y zapato cómodo, lentes oscuros y gorra, sombrero o cachucha para protegernos del sol, recorrimos los dos kilómetros que tiene de extensión la Calzada de los Muertos, que, por cierto, comienza en la Plaza de la Luna, la cual se localiza frente a la famosa pirámide del mismo nombre, y se continúa hacia la Ciudadela, que es un cuadrángulo de 400 metros y la flanquean 15 pequeñas pirámides.

Teotihuacán estuvo construido en dos momentos históricos. Del primero, el clásico, se conservan tableros y taludes en los diversos cuerpos de la Pirámide del Sol y destacan las esculturas de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. La otra Pirámide es más pequeña y austera en sus ornamentos y pertenece a otra época.

A lo largo del camino, pudimos observar los restos de antiguas casas y palacios y alguna que otra pintura al fresco. Los colores eran naturales y se sacaban de la cochinilla y de un molusco llamado múrex. También admiramos la Casa del Sacerdote, el Palacio de Quetzalpapalotl (Quetzalmariposa), el Palacio de los Jaguares, la estructura de las caracolas emplumadas, el Templo de Quetzalcóatl, la Ciudadela y muchas edificaciones más. Además, se puede visitar el jardín botánico, el museo de sitio, las tiendas con recuerdos del lugar. Es de destacar que ahora el lugar está limpio y no se puede entrar con bultos.

Se puede visitar este sitio arqueológico todos los días de martes a domingo en un horario de 9:00 a 16:30 horas. La entrada tiene un costo de $51.00 por persona. (Favor de exigir y conservar su boleto). Te cuesta $45.00 introducir videocámara. El estacionamiento también tiene un costo dependiendo de si es automóvil o autobús.

En verdad, vale mucho la pena conocer este lugar que tanta gloria nos ha dado. No importa cuántas veces hayas ido, como lo mencione antes, cada etapa de la vida te dará una nueva perspectiva.

Un recorrido virtual por el sitio arqueológico: http://www.inah.gob.mx/paseos/sitioteotihuacan/

Fotos: cortesía del INAH

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