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Por Natalia Rubio

Verde y luminosa, diseñada para la monumentalidad, Washington D. C. es una ciudad capaz de cautivar al más exigente de los viajeros. Sus enormes monumentos con sabor a historia y a política, sus grandes espacios y esos edificios no muy altos pero sí muy consistentes, anchos, pesados, nos transmiten de inmediato a los viajeros un mensaje claro: “Aquí reside el poder”.

Sin embargo, más allá de esa primera impresión, vamos encontrando poco a poco los detalles que la convierten en uno de los centros culturales y artísticos más importantes de los Estados Unidos, como por ejemplo el magnífico domo y los decorados interiores de Union Station, una vieja estación de trenes que, a fuerza de voluntad y de imaginación, se convirtió en un centro comercial de lo más atractivo, con restaurantes y tiendas para todos los gustos, además de que, por supuesto, sigue siendo el punto de partida y llegada para los trenes que conectan a esta ciudad capital con todo el noreste del país, pero no sólo eso, sino que también es la estación donde quienes visitamos la ciudad por vez primera debemos tomar un tour para conocer los principales puntos de Washington D. C.

Hay tres opciones diferentes: un turibús de dos pisos, un Pato (que es un vehículo anfibio y te lleva a recorrer las calles pero también se mete al río Potomac) y un tranvía de aspecto antiguo con choferes guías que te van explicando todo el recorrido. Nosotros elegimos este último y nos lanzamos a recorrer los puntos más interesantes de la ciudad, casi todos en o alrededor del llamado “National Mall”, un enorme espacio verde y rectangular que va desde el Capitolio hasta el Monumento a Lincoln y con un breve desvío hacia el norte para llegar a la Casa Blanca. En esta zona se ubican casi todos los monumentos y edificios importantes de la ciudad, incluyendo la mayoría de los museos que conforman la impresionante colección del Instituto Smithsoniano.